[Movimientos estéticos contemporáneos] – Análisis sobre el primitivismo e indigenismo en el arte

En el siglo XIX el arte se encuentra en un período de adocenamiento. Se han producido todas las revisiones posibles de los artistas clásicos y hay un estancamiento, una no evolución. Paradójicamente, la irrupción de la fotografía libera a los artistas y provoca un empuje hacia las vanguardias. Los agoreros que vieron en la fotografía el fin de la pintura no esperaron que se produciría el efecto contrario; con su llegada, libera a los artistas, que entienden que ya no tiene sentido plasmar la realidad con precisión y eso provoca una búsqueda que abrirá nuevos caminos en el arte.

En esa búsqueda se produce una vuelta a las raíces. Definiremos el primitivismo desde su acepción más amplia, no limitándolo solamente al interés que se suscita en Occidente por la recreación de sociedades primitivas y sus objetos, sino que también abarcaremos la consideración de otras culturas que eran consideradas entonces más salvajes, rurales, menos civilizadas. De esta forma, desde las máscaras africanas en “Las señoritas de Avignon” al carácter atrasado, salvaje y supersticioso de la cultura bretona que puede verse en los cuadros de esta etapa en Gauguin nos pueden servir como referencia para englobar el amplio abanico que define el término.

Los objetos del arte prehispánico, la iconografía africana, las esculturas mayas, incas o aztecas, que habían sido consideradas como simples artesanías, regalos exóticos, comienzan a despertar el interés de los artistas no sólo desde el punto de vista histórico y cultural, no sólo desde la perspectiva del redescubrimiento de culturas olvidadas -pues no hay que olvidar que en los albores del siglo XX una figura inca o una máscara africana eran una forma de exportación de esa cultura- sino también desde una óptica expresiva y decorativa. Estos objetos empiezan a dotarse del sentido del arte y a servir de fuente de inspiración para todos aquellos artistas que tratan de encontrar la autenticidad de la vida, la esencia de la creación.

El primitivismo sirvió como fuente de inspiración a toda una generación de artistas: al otro lado del Atlántico, el fenómeno del muralismo mexicano acude a las fuentes de las civilizaciones Incas, Mayas y Aztecas, recupera las iconografías del pasado para reivindicar el carácter indígena de su pueblo, para de alguna manera estructurar su realidad política nacional del momento. El triángulo formado por David Ortega Siqueiros, José Clemente Orozco y, sobre todo, Diego Ribera, aporta una revisión histórica a través de sus obras. Es difícil resistirse a nombrar a Frida Kahlo, que aunque incluía elementos fantásticos que la alejaban del muralismo, mostró en su obra con un inequívoco estilo amargo la afirmación de su identidad mexicana. El pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín es trascendental para ver la unión de las tres grandes líneas que representan el primitivismo, la vanguardia y el indigenismo: su utilización convencional del color, su economía del cromatismo, los colores ocres para los adultos, más claros para los niños en recuerdo a una tradición que puede verse en otras culturas como la egipcia o la cerámica griega.

En Europa hablaremos de Picasso y Gauguin como dos de los autores en los que la influencia es más evidente. La obra “Las señoritas de Avignon”, de Picasso, es considerada un emblema de ruptura, nacimiento del cubismo, bandera de las vanguardias. En ella se puede observar la influencia del arte africano, tres de los rostros están claramente inspirados en máscaras tribales. Picasso deja de lado los cánones tradicionales de armonía y belleza para aferrarse a una nueva forma de expresividad, el primitivismo de los objetos africados trae a su pintura nuevas revelaciones: la enfermedad, el miedo, el horror.

El primitivismo de Gauguin nace en la época en que vive y trabaja en Bretaña. Manifestaba el propio autor que “amo la Bretaña. En ella encuentro lo salvaje y lo primitivo”. En lo ‘salvaje’ de esta cultura encontró su forma de expresión más directa a partir de la sencillez, de la simplificación y deformación de las formas para poder captar ‘lo primitivo’. Un terreno que continuó explorando durante toda su carrera y que ya se evidencia en su búsqueda de la belleza indígena en sus cuadros sobre la Polinesia y Tahití. Gauguin abandona la sensación visual del arte, comienza a explorar el terreno del pensamiento y libera así la sensibilidad: sus cuadros dejan de ser una copia de la realidad para convertirse en una deformación subjetiva de su universo.

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